jueves

Cuento de un atardecer

Y así, se levantó de la vieja y desgastada silla de terciopelo burdeo, malformada por los años de roce. Esa vez, decidió caminar para ver la puesta de sol desde el balcón; prendió un cigarro, aspiró el humo rancio que hacía tanto tiempo no disfrutaba, y disfrutó la vista. Al girar y mirar hacia adentro vio su cama y, en ella, el nuevo personaje que esperaba sentado en una esquina. Inhaló una última vez y apagó el cigarro contra la madera de la baranda, caminando descalza abrió el refrigerador, se preparó unas tostadas. A la mitad de la segunda se atoró, intentó toser, resistirse; su piel, antes comparada con azulejos, ahora brillaba roja como el fuego, sus ojos se empezaron a teñir en sangre, se rindió. La muerte se puso de pie, dejó la habitación con balcón, le sonrió, la tomó de la mano, y se la llevó para que descansara.

miércoles

Las trepidantes aventuras de Wasinflei II

Wasinflei no lo sabía, pero al dar la vuelta aquella esquina, un gnomo le preguntaría la hora.
...Justo caminaba sin su reloj, será para la otra.

viernes

Cambalache

Nunca fui muy cercano a mi abuela, sin embargo, hubo un tiempo en que comencé a sentir una gran curiosidad por su vida. No tengo claro el motivo, a lo mejor fue, sencillamente, porque sabía que no le quedaba mucho tiempo.
Difícil tratar con ella, le diagnosticaron alzheimer, una enfermedad llena de interrogantes; viven un mundo paralelo que raramente se conecta con el nuestro –“Es como un niño de 8 años” – decía el doctor –“Y va a seguir retrocediendo” –. A veces, me sentaba al lado de ella, en una de esas sillas que son para dos personas, que tienen un toldito y te permiten balancearte levemente mientras observas hacia el patio central de la casa de reposo. Ella ya no me reconocía, y seguramente por eso debió ser que nunca me contestó muchas preguntas; ante esta situación opté por, simplemente, sentarme al lado y esperar a que ella me hablara.
En ocasiones, mi abuela balanceaba los pies en la silla, con sus manos tomadas y la mirada perdida, comenzaba a tararear un tango, y junto a ella, yo me dedicaba a leer libros sobre la enfermedad y a esperar que en algún momento decidiera comunicarse.
Por otra parte, mi hermano asumió la responsabilidad de vender la casa, y por ende, rescatar las pertenencias y recuerdos importantes de la abuela.
El otro día, estaba con ella cuando, repentinamente, llegó él, exclusivamente para mostrarme lo que había encontrado en la antigua casa de la meme; una copa del primer lugar en una competencia de tango y una foto en que salía con el abuelo. Ella, al ver el trofeo en manos de mi hermano le comentó –“Yo también gané uno de esos una vez, ¡con mi viejito bailábamos de las mil maravillas!” –.
Desde entonces, cada vez que iba a verla me contaba de la hazaña que había logrado, de cómo bailaron con mi abuelo, de cómo la gente los aplaudía de pie, del gran salón de madera con cortinas de terciopelo rojo, de lo bien que se sintió.

Hoy mi abuela ya no está, y como resultado creo que le perdí ese miedo a la vejez, debe ser porque ahora me toca a mi vivirla, ese pavor a no entender la enfermedad de mi abuela, y de saber que el alzheimer es altamente hereditario.
Hoy ya estoy más relajado, no hablo mucho, un nieto mío viene a verme los domingo a esta casa nueva, se sienta a leer un libro y yo, sin decirle nada, le tarareo “Cambalache” para que sepa que da lo mismo lo que hagamos, total, uno siempre termina donde mismo, y es mejor dejar de lado el miedo a vivir y dedicarse a reír un poco más.
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Nota del autor:
Creo que es mi deber comentarles que con éste cuento gané por primera vez algo gracias a un cuento. Obtuve el primer lugar en una competencia en la que el jurado eran los miembros del Taller literario Tirso de Molina, hubo reconocimiento, diploma, regalo, y cocktail. Estuvo entretenido. Espero les haya gustado.

martes

¿A qué juegan los sueños?

¿A qué juegan los sueños? pero no esos sueños gigantes, sino esos pequeños que aún no crecen, aquellos diminutos que no pertenecen a magnates o a triunfadores. Esos sueños que son como niños, que andan por todas partes, que avanzan corriendo de cabeza en cabeza, en nosotros, los peones.

Cuentan que una vez, uno hizo creer a una joven mujer que conocería a un hombre, que lo abrazaría, lo besaría, y se enamoró profundamente. Una noche tibia de primavera, cuando ya eran pareja, ella lo invitó a comer, luego eso, él la fue a dejar, ella se acostó y feliz se durmió.

A la mañana siguiente, al despertar, no pudo creerlo, todo había sido un sueño, el verlo, el que le gustara, el pasear, el amor, todo. Algo más de 2 años de relación, soñados.

Más fue su asombro al notar que ese día, era el que supuestamente lo iba a conocer, a re-conocer, e iba a pasar por todo aquello que ella ya sabía, pero él no.

Los otros sueños reprendieron al pequeño que le regaló esa visión a la joven -¡Nuestro trabajo es hacerlos viajar a lugares desconocidos, no a lugares que van a conocer!- le decían. El sueño pidió perdón, mas pasado un tiempo lo hizo denuevo, esta vez con él, ¿qué habrá soñado?, nadie sabe pero amaneció llorando abrazado al lado de su esposa.

miércoles

Las trepidantes aventuras de Wasinflei (desvaríos fútiles)

Wasinflei se fue a casar gnomos, por eso él es feliz en estos días. Se compró un auto y se fue a bailar.

*N. del A: Estimado lector, debo asumirme como un ente que a veces resulta muy divergente y vacuo, a partir de ello nacen Las trepidantes aventuras de Wasinflei. Espero sea el primero de muchos desvaríos fútiles, ya que todos tenemos derecho a hablar banalidades de vez en cuando, lo que por supuesto, también nos da el permiso de escribirlas.

*2° N. del A: Esto NO es un giro del blog, solo un placer que me tomaré de vez en cuando. Espero le guste.

jueves

sisofromate MaL

A Kafka
Esa mañana, Samuel Guzmán abrió los ojos y descubriose convertido en un horrible ser humano. Cabellos negros, ojos pardos, traje oscuro, camisa blanca y zapatos lustrados.

No lo podía creer cuando se observó en el espejo de su habitación, de pelo corto, barba bien afeitada y "excelente presencia".

Un asco y un pavor incontrolables llenaron cada partícula de su cuerpo, las pupilas se le dilataron, le tembló la mano derecha, perdió levemente el equilibrio y sintió el vómito subir por su garganta. ¿Qué iba a hacer ahora?, ¿cómo iba a salir de su pieza?, y peor aún, ¿qué iban a decir sus amigos escarabajos?

10 pesos

-"Hace días que quiero escribir, pero no se me ocurre nada...

Miro al cielo y veo como los dragones se enrollan juguetones entre las nubes rosadas y doradas de un atardecer, pero no me inspiran nada.

Observo cómo el fin llega al mundo, el gigantesco apocalipsis en el que estamos envueltos, donde la ira, el odio, y el miedo hacen girar la Tierra, pero no me inspiran nada.

Espero que las historias de personas importantes se acerquen y me rocen ¿Dónde estás Gandhi?¿Qué ha sido de tu vida Malcom?¿Dime por qué Bush?, pero ellos no responden, y no me inspiran nada.

Colonizo lunas, desiertos, hielos y pantanos, observo desde la cima de una montaña, y no se me ocurre nada.

Me siento a esperar a que caiga esa hoja de otoño que te hace detener y reflexionar, regalándote una idea para escribir, y caen tantas, y solo caen, y luego, nada"- pensaba el hombre mientras contemplaba esa brillante moneda de 10 pesos que había pateado sin querer, una noche cualquiera en la ciudad. -"¿Por qué estás feliz, simple moneda?".