martes

De vainilla (delirios de un labial)

-"Recorrer tu labios... es un regalo cada vez que me lo permites, tu boca es todo lo que conozco, todo lo que se, cuando tus bordes se separan para decir algo, para besar, entonces me besas… me impregno en cada surco, me derramo en cada grieta de esos hermosos labios, humecto lo que eres, derrito lo que dices, amo lo que respiras"- y exhaló al mismo tiempo que ella lo hacía.

Sin abrir los ojos

Con la yema de mis dedos te recorro tan lentamente; ese roce, que con su vaivén sudoroso siento como provoca una cosquilla que desciende lentamente desde el término de mi nuca hasta el fin de mi espalda; trémula te encorvas y de tu piel sale ese olor a hierba húmeda, el vapor de agua expulsado por nuestros cuerpos quema; sumido en el péndulo de tu respiración femenina... agitada. Silencio. En la oscuridad más total siento que te despegas, lenta y cansada; decirte que te quedes sería inútil, lo sé; percibo como me tapas cuidadosamente con las sábanas, que se adhieren a mí porque aún no termino de sudar; escucho como abres la ventana, pisas delicadamente el pasto del jardín, y te vas. Sin abrir los ojos, duermo.

sábado

Historia de una ida.

Un viajero errante, anacoreta, se detuvo una vez en un pueblo, necesitaba agua y alimento para poder continuar. Al primer día no logró encontrar trabajo para comprar sus víveres, por lo que tuvo que pasar la noche en casa de un desconocido, quien admiraba la vida de los viajeros eternos; tiernamente le abrió las puertas de su casa. Al día siguiente, buscando trabajo en la feria, conoció una mujer… con el tiempo se enamoraron profundamente. Se casaron.

Años después en el mismo pueblo, un buen amigo, quien le había brindado asilo su primera noche ahí, le preguntó: “¿No extrañas tus viajes, tus aventuras, esos lugares desconocidos a los que ibas, o lo inesperado que pudiera suceder?”. Esbozando una sonrisa, el hombre contestó: “Una vez que llegué a la cima de esa montaña, al fin encontré lo que buscaba y pude seguir subiendo".

viernes

El vago

"Que simpático dueño de las calles”, pensaba mientras no podía despegar mis ojos de la holgura con que dormía, él, que pide limosnas sin hablar, que sobrevive acompañando a su reflejo, que se conforma con ese poco de cariño que le puede entregar una piedra o un palo perdido. Que comenzó su vida trashumante apenas nacido, que ha vivido inviernos más áridos y veranos más inundados de soledad, que ladra con fiereza pero moviendo su cola, esa cola que arrastra cuanta pelea y arranque puedas imaginar.

Entonces despertó, me observó durante un par de segundos, y corriendo tuve que partir para evitar que esa vez, que también movía la cola mientras me perseguía, no fuera con motivos tan amigables como los que pensé antaño.

miércoles

La puerta


¿Una puerta? Qué difícil, si son tan diversas, y no solo eso, si son tantas como los hilos de un mantel, tantas como las familias albergan celosamente sus recuerdos, como el trabajador diario traspasa sus conocimientos, como el buscador insaciable de oportunidades golpea y golpea, como los amantes esconden esa pasión que hace vibrar los estantes.
Es como perderse entre esas viejas casas de colores que trepan por los cerros de Valparaíso, puertas que se anclan al piso, puertas que encierran a través de un marco, que huelen a madera y barniz, a dinero y a juerga, a lástima y a perdón, esas puertas que finalmente son liberación, que nos elevan más alto, que esconden nuestro pudor, que guardan nuestras penas. ¿Una puerta? ¿una sola? Qué difícil, mejor escribo sobre otra cosa.

domingo

Crónica de un viaje por cuerdas y tambores

El vitoreo era imparable, entonces, a la hora acordada, las luces se apagaron.Crecimos en voz, ensordecimos la ciudad con manos y bocas que invocaban un solo nombre en común...
Comenzaron a sonar un par de instrumentos, suficiente para sentir como se erizaba cada vello de mis brazos, como subía ese escalofrío por mi espalda hasta llegar a mi nuca, como me tiritaron las piernas e inevitablemente me dejé llevar. Fue una eternidad de luz, de alegría, de baile, de fuego, de sol nocturno, y fiesta.
Luego nos bendijo mientras tocaba la guitarra, nos encomendó a Dios... como si no supiera que gracias a sus cuerdas, me había sentido junto a él hacía más de dos horas.

lunes

N

Cuando miré el celular sin señal éste marcaba la 18:30 y, como ya era costumbre, el viento comenzó a soplar con fuerza en el desierto. "Qué grande que son Los Andes" pensé mientras contemplaba la inmensidad de las montañas, esas que confundían la perspectiva, la profundidad y el punto de fuga de ese enorme Atacama, que se mezclaba en los hermosos tonos que iban desde el grano de café oscuro a una flor de violeta intenso, uniendo nubes, fumarolas, cielo y tierra.
Comenzó a bajar la temperatura, escuché el viento. Me sentí bien.