sábado

Historia de una ida.

Un viajero errante, anacoreta, se detuvo una vez en un pueblo, necesitaba agua y alimento para poder continuar. Al primer día no logró encontrar trabajo para comprar sus víveres, por lo que tuvo que pasar la noche en casa de un desconocido, quien admiraba la vida de los viajeros eternos; tiernamente le abrió las puertas de su casa. Al día siguiente, buscando trabajo en la feria, conoció una mujer… con el tiempo se enamoraron profundamente. Se casaron.

Años después en el mismo pueblo, un buen amigo, quien le había brindado asilo su primera noche ahí, le preguntó: “¿No extrañas tus viajes, tus aventuras, esos lugares desconocidos a los que ibas, o lo inesperado que pudiera suceder?”. Esbozando una sonrisa, el hombre contestó: “Una vez que llegué a la cima de esa montaña, al fin encontré lo que buscaba y pude seguir subiendo".

viernes

El vago

"Que simpático dueño de las calles”, pensaba mientras no podía despegar mis ojos de la holgura con que dormía, él, que pide limosnas sin hablar, que sobrevive acompañando a su reflejo, que se conforma con ese poco de cariño que le puede entregar una piedra o un palo perdido. Que comenzó su vida trashumante apenas nacido, que ha vivido inviernos más áridos y veranos más inundados de soledad, que ladra con fiereza pero moviendo su cola, esa cola que arrastra cuanta pelea y arranque puedas imaginar.

Entonces despertó, me observó durante un par de segundos, y corriendo tuve que partir para evitar que esa vez, que también movía la cola mientras me perseguía, no fuera con motivos tan amigables como los que pensé antaño.

miércoles

La puerta


¿Una puerta? Qué difícil, si son tan diversas, y no solo eso, si son tantas como los hilos de un mantel, tantas como las familias albergan celosamente sus recuerdos, como el trabajador diario traspasa sus conocimientos, como el buscador insaciable de oportunidades golpea y golpea, como los amantes esconden esa pasión que hace vibrar los estantes.
Es como perderse entre esas viejas casas de colores que trepan por los cerros de Valparaíso, puertas que se anclan al piso, puertas que encierran a través de un marco, que huelen a madera y barniz, a dinero y a juerga, a lástima y a perdón, esas puertas que finalmente son liberación, que nos elevan más alto, que esconden nuestro pudor, que guardan nuestras penas. ¿Una puerta? ¿una sola? Qué difícil, mejor escribo sobre otra cosa.

domingo

Crónica de un viaje por cuerdas y tambores

El vitoreo era imparable, entonces, a la hora acordada, las luces se apagaron.Crecimos en voz, ensordecimos la ciudad con manos y bocas que invocaban un solo nombre en común...
Comenzaron a sonar un par de instrumentos, suficiente para sentir como se erizaba cada vello de mis brazos, como subía ese escalofrío por mi espalda hasta llegar a mi nuca, como me tiritaron las piernas e inevitablemente me dejé llevar. Fue una eternidad de luz, de alegría, de baile, de fuego, de sol nocturno, y fiesta.
Luego nos bendijo mientras tocaba la guitarra, nos encomendó a Dios... como si no supiera que gracias a sus cuerdas, me había sentido junto a él hacía más de dos horas.

lunes

N

Cuando miré el celular sin señal éste marcaba la 18:30 y, como ya era costumbre, el viento comenzó a soplar con fuerza en el desierto. "Qué grande que son Los Andes" pensé mientras contemplaba la inmensidad de las montañas, esas que confundían la perspectiva, la profundidad y el punto de fuga de ese enorme Atacama, que se mezclaba en los hermosos tonos que iban desde el grano de café oscuro a una flor de violeta intenso, uniendo nubes, fumarolas, cielo y tierra.
Comenzó a bajar la temperatura, escuché el viento. Me sentí bien.

martes

Punto y coma.

Rodrigo había estado en coma desde hacía 14 años, en dos semanas cumpliría 15, y lo sabía.
Sin embargo, ese anochecer de enero se sintió diferente, creyó que suspiraba, que podía mirar las escaras que envolvían ese cuerpo malgastado... supo que esa noche moriría. Adoptó una posición de costado, como un feto, se tapó bien con las sábanas de esa cama de hospital que ya era tan suya, y exhaló... o al menos creyó hacerlo.

miércoles

Aldito el hediondito

Entonces, sentado en la sala de clases y con la profesora mirándolo directamente a los ojos, Aldo comenzó a pasar lista por su cabeza, pero hacia atrás, como buscando algo en particular en su pasado, sintiendo constantemente la certeza de que había un recuerdo anterior a ése. La voz de Lorena, la profesora, se alejaba cada vez más, al igual que el ruido constante de los autos que paseaban por la avenida contigua a la Universidad y el murmullo de la sala de clases. Todo se acallaba, y un Aldo profundamente concentrado transitaba en su cuenta regresiva por los 5 años de edad y seguía retrocediendo.

De golpe abrió los ojos, había llegado a su primer recuerdo, le parecía fantástico el hecho que una persona con la fama de su mala memoria, lograra vislumbrar algo tan antiguo que ni siquiera tenía la certeza de la edad de ese entonces.

Su primer recuerdo era un tanto traumático, y cómo no, si que te cambien un pañal es un acto que, con un poco más de edad, uno asume con vergüenza y serio pudor.

En esos días, Aldo se encontraba en los tiernos y cálidos brazos de su madre, con las piernas separadas abarcando abdomen y espalda, un brazo colgaba mientras el otro intentaba abarcar el tremendo cuello de esa mujer. Entre tanto, con la boca, intentaba desprender aunque fuera una gota de leche de ese enorme cuello, el cual por más que succionaba y medio mordía con las encías, no cedía una sola gota de ese tan perfecto elixir. Aldo no entendía muy bien por qué no resultaba, pero no por eso se rendía.

Con ternura lo posaron sobre una sólida superficie, pero sin separarse de la misma manta tibia que lo tenía envuelto en los brazos de su madre.

Entonces comenzó el ritual, el suave sonido del velcro desprendiéndose marcaba un hito, el antes y el después de la comodidad. Aldo comenzó a sentir las corrientes de aire en su entrepierna, mientras a la madre se le dilataban las pupilas y la mueca en su rostro se hacía insostenible, el amor más grande de todos sucumbía y pedía clemencia ante ese penetrante olor. Ella tomó ambos pies de su hijo con una de sus dos manos y, haciendo una peripecia digna del circo chino, tomó con la otra el lejano envase de crema. Aldo entendió que no todo iba a estar bien, lo cual se hizo claro al primer contacto de ese gélido líquido con los redondos glúteos del bebé; el frío era tal que sólo se podía comparar a un iceberg contiguo a la tibia piel de aquella guagua; con un algodón la madre esparció y limpió todo el cuerpo de su “Tatito”, como ella le decía cariñosamente.

Luego de una exhaustiva limpieza a base de algodón, cremas, amor, y una buena dosis de equilibrio, la madre tenía listo y lleno de talco a Aldito. Pero fue sólo el mismo sonido que hiciera comenzar el rito el que acabaría con él, el sonido del velcro nuevo y el inicio de una etapa de limpieza y movilidad se celebraba en los ojos de Aldo, quien claramente dichoso por su nueva condición pulcra se lo agradeció a su madre, otorgándole una de esas sonrisas que pueden provocar una acción en cadena, porque permite que quien la vea, la imite y se la devuelva al mismo emisor, a Aldito… el hediondito.